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Romerito se va a Caracas |
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| A Joseíto Romero | |
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A ver, vamos a empezar, decía el policía. Y Romerito que se pone más nervioso todavía porque suena su teléfono móvil, que lo llaman de la arepera donde, sirviendo copas, se está buscando la vida estos últimos días en la isla. Romerito entregando entonces, resignado, el aparato al policía, sus ojos achinados, su bemba mulatona, su pelo afro, todo él teñido ahora por el sol de las nueve en punto de la mañana. Allí, justo al lado del mar que conduce a América por la ruta más corta, al lugar donde el perfil del Monte Ávila ya lo espera para inaugurar cada amanecer con el desayuno frugal que le va a preparar su hermana, si ella supiera, y, al mediodía, el primer ron con los panas del barrio y no como aquí, con el policía que le apura, que le dice que no se ponga nervioso y que le responda, que ni siquiera le explique, sino que le responda, que así hace más fácil su trabajo. Y no hacerle caso y empezar por decir que sí, que discutió con el cadáver, es decir, con el muerto cuando estaba vivo, dos días antes, claro, y que le dijo que no le tocara los cojones, bueno, los yogures de la nevera, que ya van muchas veces cogiéndolos sin permiso. Por los yogures fue la única discusión, señor inspector. Y se las canté. Pero con educación, ¿entiende? Para que no me perdiera el respeto, y eso sí, sin gritar. Que se organizara con lo suyo le dije. Y que cuidara su lenguaje y ese ímpetu chulito, que a mí no me interesaba nada la veteranía de camarero que adquirió en Ibiza, como a él tampoco debían interesarle mis treinta años de éxito en los escenarios, que eso, por educación propiamente, yo no lo voy contando por ahí. Y nada más. Y que luego me acosté. A dormir. O a buscar el sueño, vaya. Y que eso fue todo. Bueno, todo hasta dos días después, porque tocar sí que toqué dos veces, ya le digo, pero me pareció que estaba durmiendo. lo vi tapadito, descansando pensé, y ya no insistí más, sino que repetí la operación, al otro día, claro, y lo mismo, hasta que al tercer día me di cuenta de la situación y luego, asustado, llamé a los médicos, que afortunadamente están justo debajo de mi casa, el Centro de Salud, quiero decir, y así los médicos llamaron a la policía y la policía le avisó a usted, señor inspector, y claro, ahora, yo entiendo que tenga que pasar por sospechoso obligatoriamente por eso de su entorno más cercano y tal pero, aunque todo esto sea pura rutina para usted, a mí no me gusta, señor inspector, a mí no me hace ninguna gracia, joder, que yo también tengo derecho a ponerme nervioso, señor inspector. Y traga saliva Romerito y se traga, prudentemente, también, que el muerto, la verdad, sí era conflictivo y tuvo un follón con un policía recientemente. Pero eso era asunto del muerto y él no se lo diría al inspector. No se lo va a decir porque ya bastante tuvo con vivir dos días al lado de un cadáver, los días, por cierto, más tranquilos, desde que le realquiló la habitación al muchacho camarero. Dos días han pasado y es entonces cuando se da cuenta de cómo la vida le cambia los nombres a las cosas calladamente, porque esos días tranquilos ahora se habían convertido en días perturbadores, en días de los que dar explicaciones. Aquella tranquilidad no fue tal tranquilidad sino, simplemente, una desgracia sin desvelar. Y el lapso de esos dos días es precisamente lo que él tiene que explicar ahora al inspector. Con lo que a él le gustaban los misterios. Dos días en los que sólo el muerto supo de todos y cada uno de sus pasos en aquella casa y quién sabe si hasta de sus pensamientos, que eso si que le daba miedo, aunque eso tampoco se lo iba a decir al inspector. Ni falta que hacía. No puede explicar esos dos días. No puede explicar nada porque, con la impresión, de poco se acuerda ahora, señor inspector, que él lleva una vida muy desordenada, como todos los músicos. Una vida al revés, porque la noche es la que le da el pan y las alegrías y además, apenas tenía últimamente en la cabeza otra cosa que no fuera preparar primero el viaje a Caracas y después a Dubai. A trabajar. Con dos bandas distintas y de postín como corresponde a un músico cotizado. Iba a ser así y resulta que estos dos días han cambiado todo implacablemente y por eso ahora todo es azaroso. Azaroso es el paisaje de turistas cruzando el paso cebra más largo de la localidad, azaroso el mar que conduce a América por la ruta más corta, pero azarosa también la Parroquia Santa Rosalía, El Conde y la Quinta Crespo y todos los lugares de su infancia y de su juventud allá en Venezuela. También las noches recientes del Jazzísimo Club, aquí en la isla, con su roja moqueta y el sonido único de Jaco Pastorius y las luces del escenario y el ron y los amigos poetas y los piropos a Denisse, la gerente de la sala que él con sus brazos llevaba por toda la pista como una pluma, murmurándole: Denisse musa, Denisse elegancia, Denisse guapísima, Denisse madrina de los músicos, Denisse tal, Denisse cual. Y afuera la ciudad resonando con su voz poderosa y todo antojándosele más lejos que nunca. Un hombre es lo que es según el lugar donde se encuentre, y él, ahora mismo, está lejos de todo porque todo es ahora más aquello que esto, que quedará atrás también, olvidado, como una historia mal contada. Pero Romerito sabe también que cuando uno no encuentra la manera apropiada de desvelar la luz de las cosas hay que saber callarse y esperar por las palabras salvadoras, que vendrán, seguro que vendrán y pondrán negro sobre blanco. Y por eso mismo repasa ahora su propia historia: ha cometido un montón de estupideces en la vida pero acaba de cumplir cincuenta y ocho y tiene la certeza de que ya no es un ignorante. Ese es su poder. Y con eso, más el coraje que nunca le ha faltado, le será suficiente para desenredar toda esta historia que, a fin de cuentas, es sencilla de explicar: un infarto primero y un muerto después. Pero en su casa, carajo. Por eso debe aclararlo. Debe dar cuenta de esos dos días. ¿a quién si no le va a preguntar el inspector? Porque es músico, podría, para relajarse, hablar de su mala suerte y comentarle al inspector aquello que aprendió del lumbreras inglés acerca de que la vida es lo que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes. Eso es precisamente lo que está pasando ahora. Pero eso también sería quejarse y a él no le conviene porque el inspector seguramente lo va a tratar de místico y van a terminar hablando de drogas. Cuidado. Con eso, presumiblemente, haya tenido que ver el muerto. Pero no él. Así que está limpio pero debe callarse, protestar lo menos posible y resolver cuanto antes eso que los demás van a llamar circunstancia y él llama desgracia. Porque los minutos pesan como plomo y cada instante que pasa lo va convirtiendo en otro. Siempre que lo acosan se siente así, pero hoy más. Y entonces, Romero va dejando de ser Romero. El hombre que se queja torpemente aquí en la isla es casi aquel niño que jugaba en la Parroquia Santa Rosalía y también en la Quinta Crespo, allá en Venezuela. El torpe hombre que está aquí y ahora dando explicaciones atropelladamente al inspector es casi aquel niño, o es nadie, sacudiéndose en el vórtice tormentoso de un suceso cotidiano, porque la muerte es un suceso cotidiano. Se vive y se muere. Y en la vida, por instantes, uno suele volver a ser quien no debe y por eso ahora mismo Romero ya no es Romero. No es el niño de allá pero tampoco es el guerrero que dejó atrás Caracas para probar fortuna con la música en Europa. Esos dos días lo han convertido en otra persona y sabe que ahora va a tener que explicar de nuevo, bien claro y detalladamente que él no es ningún espalda mojada ni llegó a la isla en patera o en cayuco, que él tiene sus papeles en regla y que su nombre figura al lado de muchas de las leyendas del rock and roll, que de eso sí que podría hablar mucho y es, además, lo que le conviene. Afuera, la ciudad muestra en viñetas pieles blancas de turista nórdica y toallas de playa y cremas niveas. En la mañana animada, los jubilados pasean por la sombra, los camareros hacen bocadillos de mortadela y los funcionarios del Ayuntamiento toman café guayoyo cada tres horas. El nuevo día transcurre sin novedad para todos menos para él, que no ve la manera de salir de esto cuanto antes y que, además, ya no está en su ático alquilado sino que lleva tres horas en la comisaría y ha avanzado bastante con las explicaciones más elementales. Por eso el inspector, como los funcionarios, también quiere tomar café a esa hora y lo invita. Y ese debía ser el momento en suerte que estaba esperando Romerito para sacudirse el aturdimiento, porque si cuando bajan las escaleras todavía está desencajado y tiene una sensación extraña, cuando enfoca el bar ya se va sintiendo más aliviado y cuando el inspector mira sin mirar, mecánicamente, su muñeca izquierda y dice caféaestashorasno y pide un chinchón, él, también mecánicamente, localiza el ron en las estanterías y pide su copa seca. Y cuando le bajan, de golpe, los cuarenta y tantos grados de destilación por el gaznate, rompe a sudar y siente que la excitación remite pero siente también una gota de sudor cosquilleante que le baja por su espalda directa al culo y que le dice olvida el miedo, Joseito que cuando uno confía y tiene fe puede hacer cosas increíbles, hacer milagros, Joseito. Y por eso mismo ya ha empezado a contarle su vida al inspector al tiempo que recuerda que su teléfono móvil, su cartera, su dinero, sus tarjetas, las llaves de su casa, todo, está en poder de la policía. No tiene nada. Ni un céntimo encima. Sólo tabaco. Con sólo dieciocho años yo debuté con los Vikigns en el Madison Square Garden de New York. Era un show que se conocía por “Oldiest but Goldiest”, es decir, viejos pero de oro. Me acuerdo como si fuera ahora mismo, señor inspector. Yo era un carajito cuando eso y allí estuvieron, entre otros, Gary Puket y Bob Deily, el de la guitarra cuadrada, señor inspector. Y fíjese que también he acompañado a todas las leyendas venezolanas de la canción melódica. A Trino Mora y Henry Stephan. Y a Ivo. Y a Rudy Márquez. Y a Mirna Ríos, señor inspector. Pero el inspector se aburre y vuelve a mirar sin mirar su muñeca izquierda y pide otra ronda como diciendo diosdelcielo mientras a Romerito también se le dibuja en las bembas ese resabio enigmático, característico de quien intuye que todo está a punto de cambiar. Romero, entonces, vuelve a apretarse su copa de golpe y vuelve a romper en sudor y, ya más ligero, siente también que puede pensar con más claridad y sigue contándole su vida al inspector y le habla de cuando vino a España y de cómo se buscan la vida los músicos y habla y habla hasta que dice Los Bravos y dice Black is Black y el inspector también dice coño, con esa canción me daba yo el lote con mi mujer en aquella época y pegan la hebra y comentan las fotos del álbum incautado que el inspector ya vio, donde él aparece con toda la pomada del rock español. Lo que pasa es que es ahora Romerito quien repara en que la nostalgia ha invadido al inspector y lo ha puesto tierno. Y como tierno también puede significar impresionable, Romerito, que lo sabe, se aplica con renovado entusiasmo a la labor de hacerle la tarde agradable al inspector, que vuelve a pedir otra ronda que es la tercera. Y Romerito, que está en ayunas y también sabe mejor que nadie que después de la tercera se abre la tripa cañera, se mete la nueva copa entre pecho y espalda y entonces nota como comienza a iluminársele el rostro, y a engrifársele el pelo y a ensanguinársele los ojos, y se faja, con más entusiasmo todavía, a explicarle al inspector cómo en la vida es igual que en la música. Que cuando estás en el escenario hay dejar de lado el miedo para poder controlar el asunto. Que si cierto detalle, cualquier disonancia por ejemplo, resulta inapropiado o puede desvirtuar la actuación, se corrige sobre la marcha. Con habilidad y con viveza. Y con la magia que tenemos los músicos, señor inspector, que no la tiene cualquiera. A los músicos no nos gustan los paisajes impolutos porque lo primero que aprendimos es que para alcanzar cualquier gloria hay que pasar primero por la imperfección, por las dificultades, señor inspector. Y es ahí cuando Romerito se calla que también este es uno de esos momentos y se empieza a poner espiritual, convencido de que con su labia puede transformar cualquier frivolidad en una historia de las que hacen llorar. Yo no deseo el mal a nadie pero me tengo que cuidar de quienes, como a usted, me lo desean, que los hay, señor inspector. Usted lo sabe. A mí no me gustan los problemas y no siempre mi forma de vivir la han entendido los demás, pero si vamos a buscarnos las cosquillas, en muchas cosas, usted puede ser tan sospechoso como yo, señor inspector. Sí señor. Si le dijera que yo reclamo la verdad en lugar de auxilio, que me comprometo con el mundo con un coraje que no estoy seguro de tener y que me pongo en pie para señalar algo que está mal pero no pido sangre para redimirme, usted, a lo mejor, perdería la desconfianza, pero ¿sabría decirme de qué estoy hablando? ¿quién está hablando? No. Claro que no. No es su trabajo. No tiene por qué saberlo. Uno no debe hablar de lo que no sabe, y como usted, mucha gente ignora que mi profesión no sólo consiste en entretener a la gente. Si usted me responde, se equivoca. Seguro, señor inspector. Y no responde el inspector, cabizbajo, los ojos vidriosos, porque Romerito ya respondió por él. Pero se ríe. Y se hace un silencio. Y todos murmuran impresionados la ocurrencia. Y se ríe el camarero y se ríen los estupas que estaban pendientes de la soflama de Romerito y vuelven a pedir otra ronda pero Romerito, esta vez, brinda solo. Levanta su copa y, sudando, dice: gracias Pete. Ha quedado como un caballero y es felicitado con palmadas en la espalda. Un millo pa Romero, pues. Con las palabras de otro dominó el asunto. La luz que antes no encontraba le llegó del eco de sus correrías batiendo el cobre para tener un lugar entre los triunfadores. La memoria lo sacó del apuro esta vez y ahora confirma que a la luz del mundo nadie es mejor que nadie, que a pecho descubierto se vence al miedo y que gracias a esa sabiduría que muchos olvidan ha logrado timonear la situación. Hay palabras que te hacen ganar el respeto de los demás y las últimas que ha dicho él lo han apaciguado algo, aunque nota que la angustia no lo ha abandonado del todo. La angustia todavía lo confunde y teme no tener la cabeza clara pero, eso sí, es al inspector a quien acosa la nostalgia ahora y no al niño de antes convirtiéndolo en sospechoso a medida que mezclaba torpemente los últimos días del difunto con los recuerdos de su infancia allá, en Venezuela ¿que sentido puede tener la nostalgia por el pasado de alguien que ya no es él? ¿cómo va a dejarse gobernar alguien por el niño que fue? De algo le tendrán que valer los años de escenario, las derrotas, las noches de frío discutiendo con empresarios que no pagan. Porque el niño de su infancia ahora no lo acosa sino que le ayuda a ordenar el lugar donde confluyen todos los pájaros confusos y le dice que mayormente todo está resuelto pero que necesita dar otro paso adelante. Uno más, porque el primero ya lo dio cuando, en vez de escapar de las malas noticias y echarle la culpa al mundo, encaró la verdad y se ganó a pulso a todos los habitantes del bar. Y claro que sabe que más tarde o más temprano va a tener que irse a Caracas, una ciudad donde la pasión envenena a las personas, pero ahora mismo está comprobando también que en cualquier lugar del mundo hay pendejos capaces de llorar por una canción mientras te tratan como a un delincuente. Justo por eso está pensando ahora en que ya este lugar es tierra de paso, que después de ventilar la fetidez de la habitación del camarero, la inmobiliaria se gastará las perras en dos buenas manos de pintura y cualquier matrimonio instalará allí la cuna del niño. Estarán encantados con la vista del ático desde donde se divisan a diario las almas que transitan por el paso cebra más largo de la localidad, y eso, está bién.. Pero también está pensando en que es mediodía y ya lleva mucho tiempo dando explicaciones. Y que no sólo no le agrada la compañía sino que está empezando a disgustarle tanta risita. Por eso repara, otra vez en que ya se apretó media botella de ron y tocándose el bolsillo donde no está su cartera pide, por su cuenta y riesgo, otra ronda para todos. Y brindan. Y vuelve a romper en sudor Romerito, pero esta vez es un sudor distinto, como celestial, porque, ahora sí, es cuando lo asalta definitivamente una epifanía irlandesa, un fogonazo de luz, un instante luminoso de comunicación profunda con lo real: su tiempo aquí se acabó. Ya ha dicho todo lo que tenía que decir. Así que al carajo con tanta explicación, no jodas, que él también buscó durante mucho tiempo en los demás una palabra nueva y decisiva y todavía la está esperando. Ni tiene dinero ni nada que ver con el fallecido. Se cansó, por lo tanto y, qué vaina, ahora mismo está averiguando donde dormir esta noche porque ya dio ese paso que le faltaba para salir de bar atropelladamente y decirle a todos: ¡bueno muchachos, ahí les dejo el muerto! |
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Alberto Linares Brito 13/04/2011 |