Antonio López Sánchez, caballero de los aljibes

(Granada 1954 - Mallorca 2011)

 

 

 

 

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del sur vine estrecho por la muerte de donde las rosas saben a desnudos yo vine estrenado a maderas [1]

 

(Primer día del final)

 Me llamo José, pero otras veces me llaman Toluk, Ignacio, Rosendo, Jeremías, Ohc, Juan Mulero o Alba. Aunque no tiene importancia el nombre que ahora me ponga. Todos ellos son como trajes a la medida del instante y a la fuerza de la carne. Y hoy me los he puesto todos.

 

(Segundo día del final)

 Él se llama Antonio, y es mi hermano. Él solo tiene un nombre y, ahora, un corazón agonizante. Estoy intentando ponerle mis nombres, pero él no quiere. Lo juro, maldita sea, pero es que no le caben. Así es mi hermano.

 

(Quinto día del final)

 Pero ¿qué haces? ¿Te cansan los olores, las cancelas de huertos yermos, las heridas del sueño? ¿O son esas lágrimas de un millón de números?

 

(Último día del final)

 Hoy es nueve de octubre, a mediodía, y el teléfono ha sonado, lejano, muy lejano. Después, ya no puedo entretener el aire con las voces, porque la tuya no está. Han dicho que me dejas, y no soporto la rotura de relojes a destiempo y cordones sueltos sin zapatos.

 

Hermano, como la arena y olas aquí estoy,

pudriéndome de tu muerte y sol, con la rabia

de la nada de hospital, con los dedos clavados

en el humo que ya no existe. No puede ser,

no puede ser que los campos no existan ya

y las rutinas nos ahorquen en las autopistas;

no puede ser que hayas dejado los cuartos

con las cuevas vacías, los gritos de la plaza

que ahora yo maldigo. Ya no quieres

que las puertas se abran y arranquen brazos.

Ahora bailas ausente con tus asesinos,

a medias y sin mirarles a los ojos. Los veo

a todos jugando a dioses libertinos  y vomitando

a esta locura que no aguanto. ¿Cómo morderlos,

cómo arrancar sus vísceras, cómo cortas sus pies

y arrastrarlos hasta el sí de las palabras?

 

Quiero hablarte y todo envejece de pronto.

Quiero gritar y las venas se abren

a media mañana con millones de agujas,

a media mañana herido de pulmón. Tú

y mi dolor a espuertas, tú y las navajas

escondidas, tú y las pisadas, tú y la sangre

a media mañana. Tú y yo a medida de tierra.

 

(Primer día después)

 Siempre pensé que la muerte sería el último vicio que nos podíamos permitir. Y hubiera sido cierto si fuera el propio, o el del que lo cuenta, pero no es así. Puedo describir tu barrio, los muelles húmedos, el olor salino, tu bar de siempre, el recuerdo al escondido cigarrillo, la última ola, o el aliento cortado a ras. Pero, maldita sea, me dejas como testigo de la imbecilidad de las ideas. Me provocas dentro de una copa de alcohol, con la razón de ser más malvado que los retratos. Y eso no me sirve. Te has ido dejando reventadas las aceras y el oxígeno sentado a tu vera. Y me has dejado mordiendo invernaderos, sin saber de qué va esto de la muerte.

 

Cuatro pulpos por la cama, y  los labios

que te besa con la crueldad de los dados

que condenan la carne a la locura.

Y sin remedio, estamos aquí. Y lo peor

de no oir es escuchar el vocerío de las batas

tragando brillos de bisturís, a bocados

de vino y gestos serios. Hablan, ay dioses,

de calles en abanicos finales, y  de tu amor

que destila infección entre drenajes.

 

Y no hay forma de respirar más, más herido

sin dejar que el espacio se destruya.

 

(Segundo día después)

 Cuando Juan Mulero me contó el ritmo del rito de los hospitales, no me lo creí. La incertidumbre estaba escrita en los protocolos: Eras tú dejando agarradas las manos a la conciencia, una noche vacía con sólo tu voz que no alcanzo a entender. Nuestras caras aún llevaban el engaño de sindicalistas y médicos. Y no sirven excusas. Dímelo, no te calles. Que tu palabra no difumine los entornos del todo, de la ausencia también y los otoños en que vivimos esperando cualquier taxi que nos llevara fuera de la ciudad.

 

(Tercer día después)

 Hoy estoy a tres días de lo insufrible. Respiro profundamente, y por los dos pido güisqui en un bar. El sol va poniendo su sombrero de tarde, y bebo a tu salud, a mi mentira de esperar que aparezcas, pero no lo haces. Entonces detengo al aire con firmeza, necesitado de hablar y no poder hacerlo. Y bebo el otro güisqui que era el tuyo. Recordé entonces aquella canción de Sabina que hablaba del cajón de la firma Pandora[2], la que hablaba de nosotros, de esquinas, de vueltas, de esperas y de exageraciones: “Nos veremos cuando se ponga el sol”

 

Violentos los suelos, a las puertas

de los ascensores, arrimado al acero

sin ganas donde vence el pánico.

Los ojos, mis ojos, se han partido

en tu espalda deshojando el espanto.

 

Ya ves como la culpa no detiene el dolor,

ni la guitarra busca su sólo intacto

mientras siguen los ascensores desnudando

la crueldad, el tiempo de los perdidos, los dos

ocultados en una despedida sin regreso.

 

(Despedida)

 Es jueves por la noche,  y el Mediterráneo se extiende infinito a nuestros piés. Vengo a despedirme a la orilla del mar, justo a la misma hora que tu abrazas sus aguas en Mallorca. La luna, la misma que nos va contando que ella nació de una pesadilla blanca una noche como ésta, nos pide que guardemos su secreto. Luego hace de mariposa siguiendo a un beso. Entonces nos desnudamos y nos quedamos quietos en una ola.

 

(En ese instante dos rosas rojas flotaban por millones de peces, y en los aljibes de Granada el agua era salada).

 

 

Pepe Varos


 

[1] de LA CASA AMANECIDA

[2]  Resumiendo (J. Sabina)