publicado en el diario IDEAL, 31/12/2010 (Granada)
 

MALDITO  AÑO 2010

 

 

 

                       por FIDEL VILLAR RIBOT

 

Más tarde o más temprano, la vida ha de acostumbrarse a las despedidas definitivas. Tan sólo depende de las oportunidades que la muerte nos brinda con su copa rebosante de acíbar amargo. Son el cumplido aguinaldo que limosnea la miseria de la existencia. Y, cuando esas despedidas se suceden con una puntualidad macabra, uno termina por tener la sensación de haberse convertido ya en un profesional de tales adioses, sobre todo si después -una tarde cualquiera de hastío- abre su agenda personal y, con el gesto patético del idiota más inútil, comprueba que los teléfonos que se guardan ya no se volverán a marcar más.

   Esos acontecimientos hacen crujir los días para que uno arranque la hoja mensual del almanaque, la arrugue con toda la rabia que puede caberle al corazón y la arroje a esa papelera que cada cual lleva en el lugar de la memoria donde se guardan los sentimientos que le dan sentido al nombre y apellidos con los que uno carga en su identidad para marchar por el mundo.

   Para empezar, vino el 17 de enero y se nos apagó la mirada limpia de José Heredia Maya. Y la amistad enmudeció de repente por un trancazo avieso. Amistad y otras muchas complicidades que la cercanía ofreció desde aquella primera juventud aprendida en el mismo patio de un colegio albaicinero donde a duras penas nos fuimos haciendo hombres.

   Y luego vino el 13 de marzo y Rafael Rodríguez dobló la última cuartilla de sus poemas, apagando las palabras precisas que se quedaron pendientes de otros ojos. Un latigazo que le restalló en la espalda a la amistad y al cariño, quebrando por la mitad la altura de aquella bonhomía de la que era un gozo disfrutar.

   Y luego vino el 15 de julio y Claudio Sánchez Muros nos dejó sin la belleza sublime de su trato. Con él uno aprendió a ver las páginas de los libros y sus portadas como un ejemplo de hermosura irrepetible.

   Y luego vino el 25 de setiembre y Miguel José Hagherty cerró su ajimez, poniendo el punto final a su pasión por enseñarnos la magia que encerraban los versos de los poetas arábigoandaluces. El añorado río de Al-Mutamid era ya un cauce de lágrimas en la más penosa de las elegías.

   Y luego vino el 27 de noviembre y la Historia se nos quedó sin argumento cuando Juan Luís Castellano le puso el paréntesis final a unas fechas que otros recordarán.

   Y luego vino el 13 de diciembre y la voz de Enrique Morente dejó de mostrarnos que la poesía y el cante compartían un latido de idéntica raigambre, que la compañía era un gesto cotidiano y que siempre cabía la posibilidad del hallazgo.

   Y uno comprueba, con atónita pena, que se ha quedado colgado de una retahíla de heridas que son yagas irrestañables en la piel de su desnudo, como el ahorcado que pende del desahucio.

   En todos estos casos la enfermedad se cruzó con la vida, haciendo que el camino tomase la pendiente oscura que acaba allá donde empieza el vacío postrero. Pues la enfermedad no avisa; te apresa de pronto con sus síntomas, te abandona en la quietud de una cama, te rodea de alcohol y medicinas, de gasas y algodones, te apuntala en el perfil retador de las jeringas y te encarcela en el dolor. Y se hace tan tenaz que sólo te abandona al final del sufrimiento. Y lo peor: te roba el tiempo, convirtiendo las horas en nubes que amenazan tormenta y la esperanza en un polvo que no permite huellas.

   Y así llega el momento en que las despedidas definitivas a uno se le han convertido en una terrible rutina. ¡Maldito año! Y así uno se ha ido quedando cada vez más solo, como si en el andén escogido para un viaje compartido ya no aguardara nadie y no mereciera subirse a ningún tren. Entonces el recuerdo peso demasiado y no deja depararle un vistazo al futuro. Entonces vivir se hace un impulso de difícil paso: las pérdidas vacían el contenido de la edad.

   Por eso, cuando ya no queda más almanaque del año y los días están a punto de apurarse, uno ha de aferrarse aunque sea a la última mirada “antes que el tiempo muera en nuestros brazos” para que, por lo menos, uno no olvidé jamás lo que la amistad enseña y que, aprendiz de todo, la vida tiene rincones donde poder guarecerse un rato de las inclemencias y todavía estremecerse, sabiendo humildemente, con Cesare Pavese que después de todo “verrà la morte e avrà i tuoi occhi”.