Crónica después de un año

Entre los días 28 al 30 de abril de este año, estuve en Huelva asistiendo a Edita 2011. Exactamente coincidía en un año justo de mi marcha de aquellas tierras. En mi ánimo estuvo coincidir con amigos y recordar los buenos momentos de cuatro años esparcidos por sus calles y pueblos. Y casi todo estaba igual, incluso Edita. Allí vino a verme Rosendo Airo que ahora anda tomando notas de no sé qué sobre contaminación, y nos fundimos en un fuerte abrazo. Aparte, a la puerta del local donde se leía, me contó anécdotas indiscretas y noticias con ironía. Algunas de ellas son tan discretas que ni las cuento, pero otras son para publicitar, como la de Uberto Stabile informando a micrófono abierto el tiempo de lectura para los diferentes intervinientes: ¡Cinco minutos, cinco! Y es que eso de hacer largos viajes para leer cinco minutos, tiene su punto de ignominia… También me habló de su crisis, de los bancos y de los malos olores de la ciudad; Y por supuesto de Ignacio Quiñones con el que sigue teniendo una regular correspondencia. Estaba bien, me dijo pero desanimado con los amigos de Tenerife, y que me echaba de menos. Fue bueno volver a encontrarnos.

 

A Francis Vaz lo tuve a mi lado casi siempre, haciendo de lazarillo y vendedor ocasional de los libros de Islavaria. No vendimos nada, o casi nada, con excepción de su Antología de Drink River que, con buena táctica por parte de él, terminó por comprarlo el poeta Felipe Zapico. Edita seguía igual, o a lo peor sin las sorpresas de encontrar rebeldía de palabras o algún vómito cariñoso. Pero nos reímos sorprendidos por cuatro bestias sueltas, o por el hombre que yo creí extraño, cuando tan sólo era una mujer con acento de zócalo, o el encuentro de la poetisa ciega, intentando yo que viera nuestros libros. Y luego más, a reírnos de lo peligroso que resulta ser tuerto sin ser pirata. Después vinieron Paco Huelva y Juan Espinosa, y nos perdimos. Y como el ron no tiene remedio en los salones falsos, discutimos del mundo por si él se había olvidado de las maldiciones del cáncer, la profecía del viejo anarquista o la cuadratura de los banqueros.

 

Guillermo Lacomba estaba más delgado, y ya era abuelo. Me contó que se iba a París de nuevo, a callejear o a contar agujeros. Teníamos tantas conversaciones pendientes que se nos hizo tarde. Y de los desastres de la carne, ni hablamos. Se nos hacía tarde.

 

El joven poeta Ramiro Gairín vino desde Zaragoza, y leyó sus cinco minutos, só-lo-cin-co. A buen seguro que pensó en entretenerse después recogiendo conchas perdidas por las playas de Huelva.

 

Pero el martes, en La Gata Literaria de Huelva, nos encontramos los buenos amigos. Realmente fuimos pocos, pero atados a un buen recuerdo de momentos no tan lejanos. Estaba más viejo, eso sí, pero ellos aún persistían en atar a las sillas su brindis saludable.

 

Al día siguiente regresamos a Salobreña. El sol calentaba en la autovía, pero conseguí volver a perderme en un infinito casi mordido.

Pepe Varos