| NAVIDAD: MIEDO Y AÑORANZA. | |
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Hoy como nunca surge una actitud social un tanto irracional.
Dicho así, visto así, podríamos pensar que a partir de los veinte años en adelante, sentimos la Navidad como una losa inmensa que nos supera y nos daña.
Surgen por cualquier sitio nuevas ideas, planteamientos un tanto peculiares y posturas que no se pueden dejar de lado sin ser analizadas.
Es verdad que cada cual puede pensar lo que quiera y somos todos muy libres de querer inventar o mejor, reinventar cualquier punto de la historia de la humanidad que nos resulte incómoda.
Incluso podemos, si queremos, sustituir unas formas de ver lo nuestro con importaciones de costumbres que realzando otras formas de vida, al final nos llevan al mismo punto de siempre, al punto común de toda la civilización judeo cristiana. Fechas que sin ser nombradas por los nombres que cada pueblo les ha dado significan lo mismo: NAVIDAD.
Máxime cuando posturas en contra de quehaceres milenarios son expandidas, solo como entradillas de noticias por cualquier medio de comunicación buscando, no cabe duda el llamado “impacto informativo”.
Alguien dijo un día: “¡AQUÍ NO SE CELEBRA LA NAVIDAD, LA NAVIDAD NO EXISTE!. Pasaron años sin esas fechas en ese país, pero mira por donde, la Navidad vuelve a celebrarse allí donde después de muchos años fue prohibida…
De todas formas no sería justo si nos limitamos a decir: ¡Que barbaridad, que es lo que están diciendo, son tradiciones, esto no se puede tolerar!.
El hecho precisamente que podamos leer y analizar muchas y muy diversas posturas nos lleva a la obligación de analizar y buscar las motivaciones que surgen al mantener posturas tan especiales.
Por supuesto que no se trata de acercarnos al diván del Dr. Freud, ni de hacer un análisis de aficionada sobre el tema.
Es sencillamente descubrir –acaso sintiendo lo que muchos en estas fechas- lo que realmente nos asusta de la Navidad.
Máxime cuando esta sociedad, todo lo que nos rodea por eso de la economía, por eso de los puestos de trabajo, por eso del trueque del dinero en regalos invade con luces, sonidos especiales y colores cálidos todo el entorno en el que físicamente nos desenvolvemos.
No se puede negar que la Navidad para muchos seres, implantados en la cultura occidental es tiempo de añoranzas y miedos.
Nos preguntamos: ¿A partir de que edad empiezan esos miedos y esas añoranzas?
Un día, hace muchos, muchos años, una chica de 18 años, mientras ayudaba a su padre y a su madre a preparar los guisos de la gran cena y de la comida Navideña se puso a llorar.
Había alcanzado esa edad en la que sin saber el como ni el por que se empieza a sentir añoranza de lo que nos sucedió en otro tiempo.
El padre se dio cuenta. El padre supo lo que le pasaba a la chica y cogiéndola por los hombros le dijo:
-Mira, desde este momento, a partir de estas Navidades tú serás la encargada de organizar, preparar, animar y decidir lo que vamos a hacer en Navidad. Esto que te digo encierra un mensaje: No debes, bajo ningún pretexto dejar que los que de ahora en adelante te rodeen no sepan lo que es realmente la Navidad. Te tragarás las lágrimas al recordar mesas grandes donde se sentaban tus padres, tus hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos y los más pequeños alborotaban y reían. E incluso recordaras, unas veces con pena y otras divertida la gran bronca de tal año entre tu tío Jacinto y mí cuñado Pepe. Por que después, tendrás que llevar quieras o no a los más pequeños a la Cabalgata de los Reyes, que llegan con el gran misterio y la hazaña de repartir, ellos solos, tantos y tantos juguetes a los niños que los esperan.
El padre continuó: -Yo he pasado por todo lo que tú estas pasando. Pero recuerda una cosa: no existe mayor generosidad que, sobre el dolor de los recuerdos, construir una ilusión una armonía que lleve a que otros sientan después, por amor, esa misma añoranza. Los más pequeños, los que esperan los regalos, las tradiciones de XXI siglos no se pueden borrar unilateralmente por que tú, en tu soledad egoísta sientas tristeza. En Navidad, las casas deben oler a pestiños, a musgo, a cera de velas sobre las mesas bien puestas y adornadas, a caldos espesos y aromáticos... En Navidad, cerrando nuestros ojos a la añoranza, alguien debe pensar que los que vienen detrás de nosotros, los más pequeños esperan con sus ojos muy abiertos, casi sin que nadie les cuente nada, esa noche, esa mañana, esos días que vienen después, final y principio de año. Que la Noche de Reyes, surja ante ellos con un esplendor y sorpresa innato a la niñez. Y habrá otras personas, que han pasado por lo mismo que tu, mayores, arrugas viejas, que recordarán el sacrificio que hicieron y ahora, en sus soledades y añoranzas agradecen ese momento en que se sienten a una mesa con los que consideran suyos.
Los ojos de la chica empezaban a llenarse de lágrimas. Pero el padre continuó. -No, no es necesario ponerse triste. No es necesario ni tan siquiera pensar en el sacrificio, -¡a estas alturas!- es simplemente pensar que los otros también tienen derecho a tener algún día esos recuerdos que de tan llenos de amor nos hacen buscar y rebuscar incansablemente su reproducción en momentos en que eso no es posible. Ponle un nombre a esa actitud: GENEROSIDAD.
Pero aún hay más. Existe el miedo a lo que no podemos conseguir, a lo que acaso no podamos dar.
Y entonces, amparándonos en palabras tales como “modernidad”, “antiguallas”, “tópicos”, “inexactitudes históricas”, etc.etc., escondemos un miedo atroz a no saber dar, a no saber ser generosos y a intentar por todos los medios conseguir lo inalcanzable: QUE DESAPAREZCA SIN MAS NI MAS CUALQUIER RECUERDO QUE NOS DUELA . Aunque para ello pretendamos de forma un tanto chusca borrar nuestros sentimientos evitando incluso montar el Belén.
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Pilar Castro-Villalba |