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Mi querido amigo Pepe:
Llueve, amigo mío, y llueve mucho. Pero a pesar de esta humedad casi muerta, paseo por un kilómetro desconocido, despacio y solitario. También lo hago por recrear mi ambiente y que me creas: esta noche. En La Laguna siempre es noche, y cuando llueve, más. De manera que en vez de estar de algaradas, ejerzo de viejo poeta aburrido.
He ido pensando que debería de publicar mis últimos poemas, de los que hablo de tardes cansadas y fondos de desnudos. Sería bueno que cortara los versos descuidadamente y los cambiara de sitio. A fin de cuentas André Breton ya lo hacía entre acariciarse y beber absenta. Podría ser una sorpresa la invención de mezclar luna con tabaco, y liarme en una sabana de besos. Pero ahora, ya ves, nos han prohibido lo de fumar en los bochinches y apretar cinturas. Ni te cuento. Ahora todo se prohíbe: carnes prietas, cortes de expedientes, colas del paro, bostezos en despachos de juristas, la vida oliendo a gasolina, el vicio de no escribir, el suceso, el final. Todo se prohíbe, todo. Por estas cosas tan insignificantes debería de publicar mi juramento de creyente y colgar, luego, un zapato en mi ventana. Pero tan sólo es una idea.
A tus amigos apenas los veo. En esta pequeña ciudad poligonal uno se pierde como cadáver vivo. Agustín anda envuelto en recogida de luces para su barco y dando conferencias sesudas. Carlos tiene una cabra nueva y la ordeña cada día delante de la catedral. Manolo sigue coleccionando vasos robados. Ana ha terminado ya su libro sobre olores raros. José María se dedica ahora a la pesca de peces de cristal. Juan sigue haciendo de poeta mayor, glorioso y como siempre, enjuto. Y Rosendo se ha ido a Huelva, aunque de su marcha, supongo, ya estarás informado. También a veces, y son muy pocas, viajo al sur de la isla con la excusa de aspirar un poco de sal vieja y discutir con tus otros amigos sobre la revolución pendiente: la del fumar. No es necesario que te explique el porqué los ánimos están encrespados, porqué comprar flores ya no tiene importancia, o porqué ser canalla no produce histeria. Pero bueno, viven al final de las arenas llenas de bañistas: Berto ha dejado la serena por una taberna de pescadores. Pepe el guapo toca la trompeta en un salón de hotel barato. Lalo dejó de escribir sonetos y se dedica ahora a dar charlas sobre la hidalguía. Sara ya no pinta y lleva tiempo sin salir de la cama. Ramón dejó de pensar y ahora fuma de todo. y a Abraham, ni lo veo. Apreciarás de esta forma, y tal como te cuento, que poco ha cambiado la fiesta. Yo, sin embargo, ni tan siquiera ando enamorado. Triste más bien y empeñado en emborracharme.
Cuando el día es así de oscuro la nostalgia me produce imágenes de tu persona, y lamento no poder conversar contigo sobre eternidades, cualquiera de ellas. Sé que lo entiendes y que coincides conmigo sobre el amor a las luces que ambos tenemos ¿Importan los sueños de las máquinas? El aplauso por rabia es lo que importa y la puta que esta noche inútilmente me esperará. Así que es urgente que me escribas. Echo de menos compartir gofio con un buen trago de vino, porque la noche es mala consejera para pensar despacio.
Escríbene pronto. No dejes que esas historias de juguetes batallados por castillos acorralen el sueño de ambos. Esta noche, ya te he contado, es lluviosa y en el piano de mi vecino suena Chopin con insistencia. Tampoco olvides que los versos de la vejez son como la amistad: miel y vino.
Te mando este poema que andaba revuelto en un papel por mi bolsillo:
La casa amanecida y el llanto son ya ropas viejas. La imagen tiene rota media luna de miel, y el perro es viejo conocedor en vino y humos. Sólo existe un suspiro acostado en el mercado: un cuento de Borges y una cintura caída, enorme y enorme. Y la gente frente a frente perdida en sus cárceles, atada a la caricia de cualquier pena que anda soñando con su isla Ellos lo saben, y serios mezclan la saliva con tabaco en un golpe sordo, violento donde el fin termina.
(En todos los rincones grita enamorado el terciopelo)
Con mi abrazo infinito
Ignacio Quiñones |