Agustín Díaz Pacheco
Datos biográficos

04 de abril de 2010

El dédalo de la realidad

 

En un memorable libro, fraguado por el humano calor que habitaba  a Rudyard Kipling, obra titulada Cómo se hizo el primer alfabeto, el escritor anglo-hindú lo comienza así: “He aquí la historia de Taffimai Metallumai grabada en un viejo colmillo, por los pueblos antiguos; si lees la historia, o pides que te la lean, la verás contada por entero en el colmillo”. (op. cit. 6). Pues bien, para muchos dicho colmillo puede asemejarse a la memoria, al infinito recuerdo indeleblemente grabado; y así, si partiéramos de la imaginación propia de la memoria, en el ser humano se extendería el valor de la escritura, la misma en la que está inscrita la magia y el misterio de los sueños, grafía luego generalmente disipada por el agua del alba en la tenue arena de una playa cuyas letras son borradas por el espumoso murmullo del océano.

      Con esto quiero decir que potencialmente aquellos que son llamados a escribir pocos son los que deciden hacerlo. Esto corrobora la actitud vital de Héctor Piñero Díaz, plasmada primero en Notas de ayer. Cuentos, ensayos, paisajes y reflexiones. (Recopilación de artículos aparecidos en prensa, 2007), y posteriormente en su novela Anclados en el destino (Anroart Ediciones y Beginbook Ediciones, 461 páginas, Canarias-Madrid, 2009). Y si en el primer libro son diecinueve los cuentos, ocupando noventa y una páginas, cuentos en los que queda patente la sensibilidad; la picaresca que directa o indirectamente generaba la dictadura franquista; el microuniverso de los perros; la nostalgia de un anhelado viaje; una historia de amor precisa para ser narrada, y así, con un estilo sobrio en ocasiones y descriptivo a veces, otros cuentos más; es entonces cuando la voluntad narrativa de Piñero Díaz desemboca en la ya aludida novela, lo cual me hace rememorar lo manifestado por el escritor venezolano Salvador Garmendia en el curso de una conferencia impartida en el Ateneo de La Laguna, cuando corría 1984: “Mientras que el cuento es como un sobresalto, la novela es una larga preocupación”. Dicha conceptualización guarda correspondencia con el afán de Piñero Díaz y concretado en Anclados en... En esta novela destacan dos protagonistas, Gonzalo y Encarna, quienes se desenvuelven temporo-espacialmente en la fría, plomizo e inhumana lápida del abyecto franquismo.

      La paradoja se podría situar en que la conducta de Gonzalo no establece relación con la típica mala persona, pero si el hombre que se desvía o trastorna existencialmente por indeseadas circunstancias con respecto a su compañera en una desagradable situación que raya en ocasiones con la semiclandestinidad, y que no es otra, que la de ocultar a la amada para luego quedar preso de un complejo de culpa. O sea, el autor de Anclados en... resalta por un lado el perfil psicológico de Gonzalo, así como el temor de Encarna, dada la vergüenza y  una brutal coerción social propia de la época que jamás ha de repetirse, máxime por cuando ha de salvaguardarse la dignidad. A Gonzalo, y es una interpretación estrictamente personal, son las circunstancias y la presión social las que lo transforman negativamente.

      No hemos de olvidar que una de las amenazas más crueles que acechan al ser humano, y el convulso tiempo que nos ha tocado vivir, el mismo que agrede psicológicamente acentuando tales amenazas, consiste en la cosificación, en estimar que las personas han de ser numeradas para favorecer la expansión del poder y su correspondiente ideología, y entonces hombres y mujeres son convertidos en meros instrumentos, simples peldaños, coartadas para emprender supuestas finalidades históricas, en miserables números, y esto ya lo predecía el escritor soviético Yevgeni Zamiatin -tan admirado por George Orwell, autor de 1984-  en su excelente novela Nosotros. Lo anterior se demuestra cotidianamente, y lo que es peor, queda establecido como reglas del juego, traducidas en un absurdo normado y donde el cambio social es fulgurante y la Ley, como tal, queda supeditada la irrupción de heterodoxas costumbres. Sabido es que la persona es válida en tanto que puede servir a ciertos intereses que, generalmente, le son ajenos o que la susodicha persona es persuadida por el micro y macropoder que alcanza el cénit de la inescrupulosidad.

     Un pensador checo, Karel Kosik, mantenía una tesis sustentada en lo siguiente: “El hombre sólo se convierte en realidad por el hecho de convertirse en un eslabón del sistema. Fuera del sistema es irreal. Únicamente  es real en la medida en que es reducido a una función dentro del sistema y se define según las exigencias de éste “homo oeconomicus”. Es real en la medida en que desarrolla la capacidad, el talento y las tendencias que el sistema elige para su propio funcionamiento...”, Dialéctica de lo concreto, página 113). Hablo, evidentemente, de una sociedad perturbada individual y colectivamente, donde la confusión es presentada como falsa innovación emancipadora cuando en realidad sólo supone fragmentación, y la insorteable realidad del caos. Casi indefectiblemente, y se refleja en Anclados al..., en nuestro ordenado desorden social se concreta una relación entre el dominante y el dominado, tal vez porque se ejerza el predominio de una jerarquía inter-relacional donde el sujeto prima como engranaje del sistema. Además, la obviedad de el dominante y el dominado, que parece absoluta, parece ocultar determinadas razones que convergen en el dominado cuando a éste se le confiere cierto estatuto de dominio, de hegemonía sobre inferiores dominados, cuando se le otorga una parcela de tiranía. Lo dicho por Karel Kosik no quedaría entonces reducido a una tesis economicista o presente en una sociedad en donde la economía podría regular las relaciones interpersonales, pero sí influir decisivamente en la conducta humana. La vergüenza de ser diferente en una sociedad homogeneizada, la alienación del sujeto trabajador esclavizado por el paro, pongamos por caso, el desencuentro en un micro o macrogupo que necesitaría de un equilibrado intercambio, el amor como norma para darle cauce de normalidad a situaciones pasiones, y observar ciertas pautas de conducta conforme a una sociedad cuyo poder es piramidal, nos dice mucho de lo que se expresa en la conducta de Gonzalo y Encarna. Ambos, cada uno a su manera, son esclavos de un desorden impuesto, el mismo que actualmente padecemos.

      Predomina entonces, como revelación narrativa, lo abordado por Piñero Díaz en su novela Anclados al... Dicha obra reclama la atención del lector por cuanto contiene una porción de realidad contenida en el dédalo de momentos históricos que victimizaron a hombres y mujeres, y que, salvo que aparentemente, y a pesar de una creciente ascensión social de la mujer, continúa perpetrando el machismo sus condenables acciones, aunque éste se ofrece de diferente manera y posee sus estrategias. Consideremos lo escrito por Rudyard Kipling en Cómo se hizo el primer alfabeto, valoremos la importancia de lo “grabado en un viejo colmillo” y cómo en la actualidad también “está contada por entero”. Es a través de la literatura, y mediante la imaginación de muchos escritores, cuando se le ofrece al lector una realidad, susceptible de ser interpretada para que hombres y mujeres posean constancia de lo que sucedido y de lo que acaece y hasta se reproduce, aun mutándose. La realidad puede estar o está dominada por poderes excluyentes y por pasiones que se han desviado de su objetivo. Vivimos o malvivimos en una sociedad donde cada sujeto es víctima de su propia sombra, y que puede consistir también en la importancia de un alfabeto de dominación social, un poder que se sustenta en el hipnotismo y la demagogia de los hechos.  De aquí la importancia de la novela de Héctor Piñero Díaz, de su obra Anclados al destino, y lo que su texto y la capacidad creativa de su autor nos ofrece. Es entonces cuando debemos no sólo leer lo que se narra sino meditar en lo que le es esencial, por que la realidad debe dimensionarse desde diversas perspectivas que en absoluto nos son ajenas, muy al contrario, están presentes en nuestros actos e inducen a que continuemos con obsoletas pretensiones.

 Agustín Díaz Pacheco