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Vasili Grossman: hombre y dignidad |
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Leer a este autor hace daño. Enfrentarse a su obra es contemplar el abismo y correr el riesgo de que éste, parafraseando a Nietzsche, nos devuelva la mirada. Su prosa bebe del pulso periodístico más clásico, pero no se queda ahí. Al igual que Dostoyevski nuestro autor aborda la realidad desde nociones humanistas y, por lo tanto, es capaz de ponernos en guardia ante el ser humano y su capacidad para sublimar instintos primitivos en aras de un supuesto progreso: Cuanto más dura había sido la vida de un hombre fuera del campo, mayor era el fervor con el que mentía. Aquellos embustes no servían a ningún objetivo práctico; representaban un himno a la libertad: un hombre fuera del campo no podía ser desgraciado.
En Grossman no hay tendencias efectistas; cualquier apreciación, por desgarradora que parezca, disecciona de manera serena e implacable las entrañas de la guerra y nos las ofrece en forma de denuncia narrada. Por ejemplo su espeluznante artículo El infierno de Treblinka (publicado en el diario Krasnaya Zvezda en noviembre de 1944), además de ser uno de los testimonios más agónicos en torno a esa gigantesca industria del horror que fueron los campos de exterminio, sirvió como base de acusación en el Tribunal Internacional de Nüremberg.
Vida y destino, su obra cumbre, es un travelling formidable que barre la Gran Guerra Patriótica (como denominó el exseminarista georgiano a la Segunda Guerra Mundial) y cuya potencia óptica se adentra tanto en el interior del hombre como en las burocracias bélicas, estableciendo, de este modo, un nexo entre hombre y circunstancia que nos recuerda al Tolstoi de Guerra y Paz. No es necesario, en Vida y destino, reforzar heroísmos a través de truculencias, pues en la realidad bélica los héroes no son tal; el valor en el frente, como bien apuntó nuestro autor, no es más que el olvido de sí mismo: saber que se morirá tarde o temprano.
Los horrores, en esta novela que fue censurada durante años y que se editó en la Unión Soviética en 1988, gotean de los detalles que sólo un testigo directo, un hombre que ha estado durante años en línea de fuego, puede testimoniar después de cientos de entrevistas e innumerables experiencias. Aunque también, en no pocas ocasiones, su mirada poética nos conduce a golpes de belleza conmovedora, como si el narrador quisiera decirnos, desde esa paradójica esperanza desencantada que sólo un judío ruso puede permitirse, que a pesar de la muerte, e incluso en el seno de la devastación, reside algo que merece ser plasmado con hermosura: En la penumbra logró distinguir una escudilla sobre la mesa y reconoció al tacto una miga de pan moldeada en forma de liebre. Lo más probable es que el condenado hubiera acabado de hacerla hacía poco porque el pan todavía estaba blando, sólo las orejas se habían secado. He ahí lo que posiciona a Grossman y su potencia narrativa un paso más allá del periodismo, concretamente en ese atrio lindante a Albert Camus o Thomas Mann. Pero: ¿Quién fue Vasili Grossman? Es más: ¿Qué imperativo deber-testimoniar se halla detrás de sus obras? ¿Como ser, en palabras de Cioran, un teórico de lo monstruoso sin convertirse en monstruo? Las respuestas a estas cuestiones, que coparían no pocas páginas, sólo podemos intuirlas si revisitamos su existencia, aunque normalmente las respuestas capitales lo único que hacen es convertirse en más y más preguntas. Nacido en 1905 en Berdichev, el joven Vasili Grossman, cuyo nombre de nacimiento fue Iósif Solomónovich Grosman, comenzó a escribir en la Universidad y apoyó la revolución de 1917 (recordemos que unos de los filósofos más importantes del siglo XX, Isaiah Berlín, también judío, fue testigo de esa revolución con tan sólo siete años de edad; toda su obra es un testimonio de ese recuerdo primario). Relativamente amparado por el régimen, nuestro autor, a través de libros adaptados al canon soviético, se abrió paso en el mundo literario. Así, en 1937 entraría a formar parte de la Unión de Escritores, aunque esta circunstancia no le impediría solicitar la liberación de amigos y parientes como su prima Nadia Almaz, acusada de trotskismo. Tampoco lo eximiría de ser interrogado por sus relaciones con cierta intelectualidad incómoda para los bárbaros. Después sobrevendría la guerra como corresponsal, esto es, desde el frente de Briansk (1941) hasta el camino rumbo a Berlín (1945), pasando por el fuego de Stalingrado o el inmenso crimen llamado Treblinka. Luego, una vez caído el telón de la guerra, este hombre de rostro tranquilo conocería la experiencia de la mordaza comunista, el silencio dentro y fuera del régimen, el secuestro de Vida y destino (llegaron a arrebatarle la cinta de la máquina de escribir) y en 1964, la muerte.
Quizás fueran cuestiones como la fe en el comunismo y el progresivo desengaño en torno a Stalin, la herencia judía unida al talante ruso o el hecho de que su padre perteneciera al partido menchevique lo que construyó la gran coraza ética de este testigo excepcional. Nunca podrá saberse. Pero a veces emergen esos hombres; la historia los necesita. Y es que la indudable fuerza de denuncia y reflexión que destilan algunas obras nos obliga a extraer enseñanzas casi iniciáticas que nos empujan, por increíble que parezca, a evaporar el odio y, en palabras de George Steiner: Aprender a ser el invitado de los demás y a dejar la casa a la que uno ha sido invitado un poco más rica, más humana, más justa, más bella de lo que uno la encontró. Sergio Barreto Hernández
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