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Querido Ignacio:
Aunque he resistido a la tentación de contestar a tus cartas, por lo que tienen de ir y devenir de los rumores, hoy lo hago por necesidad biológica y por corazón a corazón. Sé que me entiendes. Te debía palabras que andaban arrinconadas por mi casa de Salobreña, en esta casa donde ahora me escondo malherido y casi seco. Aún así tengo revueltos los sentidos con los espejos. Se clavan las horas por mi frente como si de un baile aburrido se tratara, como si mi tullido ojo se hundiera en una pena desnudada. Tú conoces bien mi pasión por los desnudos, sin traiciones, sin paisajes secretos y sin fechas. Pero ahora todo se relaciona con el dolor, dejando que el frío lo envuelva, y queden abiertas las puertas al límite de esas voces que apenas llegan.
Hay un poema de Federico que martillea insistentemente mi teatrillo de sombreros, un poema que habla de la burla de lo humano en el caos de los sentidos: … No te conoce el toro ni la higuera ni caballos ni hormigas de tu casa no te conoce el niño ni la tarde porque te has muerto para siempre
Tardará mucho tiempo en nacer si es que nace un andaluz tan claro tan rico de aventura, Yo canto su elegancia con palabras que gimen y recuerdo una brisa triste por los olivos … Para siempre, amigo mío. Mi hermano ha muerto y quería ser yo quien te lo dijera, con la ansiedad de lo desprevenido. Las noches se me hacen largas ignorando las guerras, los mangoneos políticos y las mentiras. Y cuando duermo algo, pesadillas apenas estrenadas hacen crujir los huesos de mi espalda. Cuando todo el dolor se reduce a una cuchillada continua, te olvidas de la miseria del universo. Y algo de eso sabemos los dos. Pero no estaba preparado para la perversidad médica que ejecuta la muerte cerca del aliento. Porque si la muerte es la justificación de la vida, sólo ella debe de ejercer ese derecho. Lo demás, lo de los crímenes, es la anomalía de la impotencia. Y ya ves que para siempre a mi hermano se lo han llevado destrozado, aligerado de esófago y pulmones, envuelto en las fiebres de antibiótico, entre la luz de un hospital y una trinchera reventada… ¡Ay bestias de hospital, cómo os odio! Pero perdona, amigo Ignacio. Hoy no está en mis planes la dulzura y este sol de otoño. Hoy llevo el grito hasta el silencio de las palabras, sin más caso a la vida.
Mi hermano era un bocado de aire, siempre atento a historias de colores. Él pintaba peces elegantes y cuevas llenas de soles. Nunca lamentó que el mundo de los demás fuera también el suyo, y nunca apartó las corbatas de los charcos. A él lo odiaban los chulos de vino y las mujeres sin caderas, y alguna vez los retó a pelear en bares. En aquellos tiempos el mundo era de los demás y él estrenaba canciones de los beatles-rolling-santana sosteniendo que hoy era ayer de pronto y una balada más cerca del burdel. Porque la nada le importaba, más ajeno de fechas, para viajar a nuestra Granada. Y así, un día fuimos juntos a la nieve de su sierra, y llenamos los bolsillos con tabaco húmedo y otras cosas inútiles.
Pero hablando de mi hermano, me he olvidado de ti amigo Ignacio. Te supongo abandonando el mar para dormir esta noche al lado derecho del sueño. Ya sé que me dirás que no es nada importante, que el aplauso fácil lo has dejado en La Laguna, que esta noche de otoño es una muerte de piano, que es demasiado pronto para volver a recortar el diario de papel donde las letras te persiguen. Te imagino ahora en esta confusión de sonidos atrapados en el viento. Pero hoy, perdóname amigo, que haya destruido la quimera de tu entorno. Necesitaba hablar contigo en este monólogo continuado, porque sé que me entiendes. Los rostros, el tuyo y el mío, parece que se estaban esperando ante los barrancos para hablar de mi hermano. Él sería feliz de saberse poeta también de colores ocres. Pero como siempre, en las plazas pequeñas, los homenajes sólo son para las muertes dignas. Y ahora estoy intentando convertir mi abrazo en tu pequeño territorio de océano. Sé que volverás asentir comprendiéndolo todo, y añadirás un poema de esos que escondes para los amigos, de los que hablan de patos con alas verdes, de emigrantes para vals, de crucigramas subastados, y de canela, mucha canela.
Todo es amargo y silencioso ahora que vivo un poco menos. Pero el hambre no es más que un recurso donde la muerte habita. Así que perdona, te reitero, por hablarte de la bestial muerte de al revés. Mi cuerpo está cansado más allá de cerrar los ojos, los nuestros y el de mi hermano. Vuelve, te recomiendo, sobre el poema de Federico, y notarás como la elegancia no sólo es un toque violín… Tardará mucho tiempo, si es que nace un andaluz tan claro…
Escríbeme cuando puedas. Aquí el invierno tiene un respiro de flores parecido a esa tierra que habitas. Y si ves a Agustín, dile que en mi castillo han nacido flores extrañas y amargas.
Con mi más fuerte abrazo |
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| Pepe Varos | |||||||||||||